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domingo, 15 de febrero de 2015

Howard Phillips Lovecraft



Nació el 20 de agosto de 1890 en Providence (Rhode Island). Un niño enfermizo con una infancia desgraciada ya que perdió a sus padres enfermos de locura. Fue una persona solitaria que dedicaba su tiempo a la lectura, la astronomía y a cartearse con otros aficionados a la literatura macabra. Su prosa está influenciada por LORD DUNSANY, WILLIAM H. HODGSON, ARTHUR MACHEN y EDGAR ALLAN POE. Fue un gran innovador del cuento de terror gracias a su singular tratamiento de la narrativa y la atmósfera de sus historias, que acercó el genero a la ciencia-ficción. Con 16 años escribía una columna de astronomía para el Providence Tribune. De 1908 a 1923 ganaba algo de dinero escribiendo ocasionalmente relatos para revistas de poca tirada, como Weird Tales. Murió en Providence, el 15 de marzo de 1937 en la pobreza y el anonimato. Diez años más adelante, su obra empezó a interesar a mucha gente. Sus relatos tratan sobre espíritus malignos, posesiones psíquicas y mundos oníricos donde el tiempo y el espacio se alteran irremediablemente, como en sus Mitos de Cthulhu.


Filosofía


El sistema filosófico de Lovecraft se orienta influenciado principalmente por dos figuras cercanas a su tiempo: Schopenhauer y Nietzsche. Del primero toma una visión oscuramente pesimista del mundo en donde la reclusión de la especie humana a poco más que un acto de azar o de error se configura como eje vertebrador de su pensamiento. De Nietzsche, en cambio, sustrae una más profunda concepción de la misma especie en cuanto tal: si bien el hombre es un ser despreciable, al que mejor le valdría no haber nacido, no cabe ignorar la realidad de su existencia y, en su ínfima importancia, si el ser humano ha de ser algo, ha de aspirar a algo, es al ideal estético, aquél que Nietzsche definiera como propio de la tragedia griega, un ideal que será el mismo que Lovecraft aplique, en consecuencia, a su bella Nueva Inglaterra. La figura de Spengler y su clásica obra La Decadencia de Occidente, influyeron notablemente en las aspiraciones aristocráticas y de diferenciación cultural que dominaron a lo largo de la breve vida de nuestro literato. En tal caso cabe decir que, como muchos autores de su época, Lovecraft hace uso de un consumado racismo -racismo de salón, se le ha llegado a llamar- que, aún sin intentar excusarle del mismo, no pasa de ser un mero vehículo de protección contra lo extraño, lo ajeno a su cultura clásica perdida: y es que tal acto no se limitará únicamente a otras razas, sino ante cualquier efecto enemigo del paganismo del cual hizo gala jovialmente en los primeros años de su vida -antes de descubrir que, efectivamente, el Gran Dios Pan había muerto.  En tales circunstancias, la crítica de Lovecraft, como la que realizara Nietzsche, se extiende al ámbito de la modernidad, sinónimo de cristianismo, de anti-paganismo, de una adoración desenfrenada de lo feo: lo feo en cuanto aquello que para el aristócrata representa la antítesis de la belleza ideal -la debilidad. Es dentro de este contexto donde pueden ser entendidas las creaciones lovecraftianas, los dioses que, por primera vez en los últimos dos milenios, alguien se ha atrevido a crear,  como símbolos -tal es la finalidad del mito- de aquello común al mundo actual, al suyo, pero también al nuestro: la debilidad de la moral esclava cristiana, reflejada en una adoración a la fealdad, fealdad en las formas y maneras, en los hábitos y miradas, en la arquitectura, en el lenguaje. La crítica de Lovecraft no debe entenderse en ningún momento como la crítica del filósofo o del filólogo realizada anteriormente por Nietzsche: la suya es la visión del poeta, la tristeza de aquel que ha visto danzar al Pan de pezuñas henchidas y ha escuchado su trágica música en sueños, y que, conociendo lo que le aguarda, teme despertar. Muchos son los puntos de contacto entre Lovecraft y estas dos figuras capitales de la filosofía europea y cuya explicación constituye la clave para entender el escrito cuya traducción aquí presentamos. Lovecraft cristalizó todas las impresiones de sus lecturas de juventud -la Odisea, la Ilíada, la Eneida de Virgilio o las Mil y Una Noches- en un amor a la cultura clásica antigua, una veterofilia que tomaba como modelo el mismo que Nietzsche estipuló necesario para el resurgir del germano, del superhombre. En esta época Lovecraft presenta una tendencia optimista, como Nietzsche, al hablar de los dioses paganos: "nunca han muerto -nos dice-, sino que yacen durmiendo y sueñan sueños de Dioses en Hespéridos jardines poblados de lotos más allá del dorado crepúsculo. Y ahora se halla cerca el tiempo de su despertar, cuando la frialdad y la fealdad perecerán [...] El día amanece en el cual los hombres deban responder tras haberlos negado durante siglos". La poesía como el lenguaje de los dioses, la auténtica poesía de Homero, era entonces el único vehículo de renovación cultural para hacer despertar a Pan de ese mágico letargo y consumar su ideal estético de una sociedad que considerase el amor al arte -el verdadero arte- y el avance del conocimiento por encima de todo. Sin embargo, como todo sueño, éste exige un despertar, aquél del que Nietzsche nunca consiguió desatarse: su amor a una Grecia que, como la Nueva Inglaterra de Lovecraft, nunca existió,10 y que éste - a diferencia de Nietzsche- destiló a través del pesimismo schopenhaueriano en unos tempranos años veinte.


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